La matanza de Lonco Luan/Por Claudio García

La matanza de Lonco Luan/Por Claudio García

31/12/09 | (APP) Desde los años setenta que se conocen distintos casos de manipulación de personas por parte de sectas de contenido religioso, algunos de los cuales tuvieron resultados dramáticos. El más conocido mundialmente fue el de noviembre de l978 cuando en Jonestown, Guyana, el reverendo Jim Jones, líder del Templo del Pueblo, llevó al suicidio masivo a un millar de personas. En la Patagonia, más precisamente en el paraje neuquino de Lonco Luan, también una pequeña población indígena sufrió a fines de agosto de 1978 un “trance fanático” provocado por seguidores de una secta pentecostal que terminó con la muerte de cuatro personas.

La semilla de lo que pasó en Lonco Luan fue sembrada por un viajante, Casimiro Maniqueo, que cada tanto llegaba al paraje con su camioneta predicando con biblias el fin del mundo y que para llegar a Jehová el único camino era la muerte. Esta prédica fue llevando a la sencilla comunidad de origen aborigen del lugar, crianceros en su mayoría, a constituirse en una especie de delegación de una secta de la denominada Unión Pentecostal Argentina presidida por quien se constituyó en discípulo de Maniqueo, Ricardo Painitru (ese apellido va a aparecer también en el expediente y en los distintos relatos también como Painitrul y Panitru).

A partir de la militancia religiosa esa comunidad fue relegando las tareas habituales que realizaba, como el cuidado de los animales, los telares, las pequeñas actividades agrícolas. Se encomendaron a una lucha contra los demonios, promovida por un pastor fanático que prometía la salvación al final de un camino de muerte. Todo esto concluyó en una especie de aquelarre, en una imaginaria lucha contra “espíritus malignos” que entraron en los cuerpos de algunos integrantes de la comunidad. Los combates fueron con palos, patadas y libros. Las víctimas, que se habían transformado en “serpientes y sapos”, fueron Sara Catalán, mujer adulta, y tres chicos: Héctor Efraín Painitru (5 años), Irma Graciela Painitru (2 años) y Carmen Emilia Painitru (11 años pero registrada como nacida en 1974).

“Son raíces del demonio…”

De acuerdo al expediente judicial, cuando llegó al lugar una comisión integrada por policías y gendarmes junto con un médico se encontraron primero con un grupo de personas y niños arrodillados cerca de una pequeña enramada de cañas colihue, dando la impresión “de importarles poco el cadáver allí existente”. Los gendarmes relataron que “se oía un rumor que provenía de esas personas, dando la impresión de que estaban rezando u orando”. Ese grupo de personas y niños ignoró a las autoridades y al médico. Posteriormente notaron la presencia de otro cuerpo sin vida pero de una criatura, totalmente golpeado y con sangre, muerto hacía varias horas. En una de las casas se encontraba Ana María Catalán de Painitru (21 años casada), atemorizada, encerrada junto a sus hijos “ya que las personas reunidas en el exterior de las viviendas habían enloquecido y la próxima víctima serían ella y sus hijos”. Estaba sumamente nerviosa y aterrada. Se procedió a retirar y tratar de alejar a los niños de los mayores que seguían orando o emitiendo un raro sonido con la boca. Se intentó alejar a dos hombres, Julio Florencio Painitru (30 años casado, ayudante del oficiante de pastor) y Ricardo Painitru (33 años soltero, oficiante de pastor), pero reaccionaron violentamente con cañas y palos diciendo: “Ustedes dos son raíces del demonio. Son culebrones”. Julio Florencio gritó: “El pueblo luche. Se defienda”. Pero el grupo no reaccionó dado que no se le dio la posibilidad y fueron reducidos de inmediato y conducidos en el camión de un comerciante de la zona. Un diario relató que: “Al separar a las criaturas, las mujeres pedían que mataran a los chicos y que se los comieran, y al mismo tiempo que daban “gloria a Dios” gritaban: ¡Sangre! ¡Sangre!”.

En la vivienda de Ana María Catalán se encontró el cuerpo de un niño. Posteriormente también se encontró el cuarto cadáver, el de Carmen Emilia. Estaba en una fosa y alrededor del sitio había cañas, palos, ganchos “carniceros”, hachas, una pala tipo corazón con manchas de sangre, como diversas Biblias y Evangelios. También se supo que otro menor, Ramón Ñanco, de 14 años, huyó hacia el domicilio de un familiar ubicado a la vera del lago Aluminé.

Intervino el juez Arturo Simonelli. Las autopsias reflejan las heridas graves que recibieron las cuatro víctimas: hemorragia cerebral, fracturas de cráneo y cara, politraumatismos graves, contusión de masa encefálica, heridas cortantes, hundimiento de huesos, destrucción de masa encefálica, etc. Se detuvieron y se llevaron a juicio a doce personas de las familias Painitru y Catalán: tanto hombres como mujeres, todos presentes en el momento de los hechos. Al cabo del juicio penal, el juez Arturo Simonelli decretó la inimputabilidad de todos los involucrados quienes, consideró, padecían un trastorno mental transitorio. “No sabían lo que hacían”.

Reconstrucción de los hechos

Estuvieron durante cuatro días ayunando y sin dormir en una sesión del culto evangélico prolongada para dar sanidad a Sara Catalán que se sentía enferma. Su esposo, Bautista Painitru había intentando llevarla al hospital de Aluminé o Zapala, pero el único vehículo disponible había partida unas horas antes. Teniendo en cuenta el rigor climático, no pudieron salir de Lonco Luán. Por eso Sara propone una sesión de sanación colectiva con la familia Painitru, ya que era la única salida que encontraba para mejorar su estado de salud. Se encontraba tan enferma que su marido la debe conducir en una carretilla. Ricardo actúa como pastor, dirigiendo el culto y como ayudante Julio Florencio. En un momento dado, llegan a la conclusión que Sara estaba endemoniada y empiezan a patearla para sacarle ese demonio que se había apoderado de ella hasta matarla. Con su muerte, el demonio sale de su cuerpo y se apodera de otros cuerpos más débiles que corresponden a los cadáveres de los tres chiquitos muertos durante los sucesos: dos hijos de Sara y una hija de Julio Florencio. Antes de darles la golpiza fatal, se los increpaba para que “voluntariamente” se sacaran el demonio del cuerpo, fundamentalmente arrepintiéndose y vomitándolo. Orando y arrepintiéndose: “el demonio sale de un cuerpo y entre en otro más débil. Señor Jesucristo prepare mi mensaje para mis hermanos, para saber cómo podemos librar o cuando podemos librarnos de este espíritu maligno. Prefiero que muera uno y no perder a todo el pueblo. Hay que sacar al demonio para que sane”. “Esa criatura venía a la tierra como bruja y a engañar a la gente, y debe ser eliminada, por el nombre de Jesucristo te voy a dejar aquí estaqueado”. Ser la reina del demonio y el arrepentimiento fueron las palabras que se usaron como forma de convencer a quienes poseídos por el espíritu maligno, todos ellos débiles por estar enfermos como en el caso de Sara, o como los niños por ser pequeños, de sacarse el espíritu maligno. En el momento en que son detenidos, separando a los niños de los adultos, gritaban “que eran raíces del demonio, que mataran a los chicos y se los comieran”, también gritaba que los mataran a todos, total no importaba. En ese momento Ricardo estaba en el centro de todas las mujeres y dijo “Yo me entrego en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo” y todas las mujeres decían “amén, amén” y Ricardo continuó diciendo “ustedes están salvadas”. No estaban ebrios, y las descripciones de policías, gendarmes y del médico que había concurrido los presentan como completamente ajenos a lo que estaba pasando a su alrededor, algunos estaban temblando, a la vez que alababan a dios y gritaban “sangre, sangre”, y que era necesario matar a todos los que estaban poseídos. Las mujeres pedían que las mataran y las comieran. En el momento en que los encuentran estaban todos apiñados, agarrados unos a los otros. Además de los tres menores muertos, había nueve que estuvieron presenciando todos los episodios.

Una de las declaraciones

El expediente cuenta el relato de una de las menores que presenció todo, Julia Mercedes Ñanco, de 11 años: “Cree que el día martes de la semana pasada en horas de la tarde se reunieron en casa de Julio Florencio Painitru (padrastro) a orar y que fueron María Juana, Isabel Violeta, Aurora, Juana Oses, Ana María, Antonia, María Rosa, Francisco, Juan Bautista, Ricardo, Bautista, Julio, Sara Catalán y Ema Flores. Oraron toda la noche y cree que ese fue el momento en que mataron a la hermanita Carmen Emilia, golpeándola, con palos con la Biblia, puntapiés, le pisaban la cabeza y la espalda y que no recuerda quiénes eran. Lo hacían porque Ana María Catalán decía que era la “Reina del Demonio”, que continuaron pegándole y su hermanita estaba en cuclillas quejándose. Posteriormente llamaron a Ramón Ñanco que estaba durmiendo en una pieza continua a la cocina, donde rezaban. Lo hicieron arrodillar y le dijeron “vomite sacá el demonio” y lo golpeaban en la cabeza y espalda, con la Biblia, palos y patadas y que continuaron hasta que ella se fue con la madre a dormir, cree que el hermano quedó afuera desmayado. Que al otro día, el hermano y la hermanita no estaban y que las personas grandes no oraban, tomando mate en la cocina, que después otras mujeres se fueron a lavar la cara en el arroyo que pasa cerca y cerca de la ruta vio el cuerpo de su hermanita que no se movía y se dio cuenta que estaba muerta. Después la madre le dijo que la acompañara a ir a buscar a su hermanito y siguiéndole el rastro se dieron cuenta que se había ido a la casa del tío Manuel Ñanco. Todas las otras personas continuaron orando hasta el sábado a la mañana, de día oraban en el patio y durante la noche en el interior de la cocina. El 27 de agosto en circunstancias en que se encontraban orando se apersonó Bautista el que habló con Ricardo le dijo que si podía traer a su esposa Sara Catalán porque estaba enferma, pero la misma no habría la boca para nada. No habló ni una sola palabra, y al parecer no podía. Luego continuaron orando, pero Sara estaba muy inquieta y caminaba de un lado a otro y se había retirado del lugar, se quería ir a la casa, caminando lejos y volvía nuevamente. Ricardo dijo que podían dormir un rato. Al levantarse vio a Irma Graciela tirada con sangre en el rostro y estaba muerta y vio después el cuerpo de Sara Catalán también muerto en las cercanías del corral. Luego entró a comer unas tortas fritas y continuaron orando en el patio hasta que se hizo presente el personal de gendarmería. Ricardo en oportunidad que oraba decía que Sara Catalán estaba endemoniada”.

Conclusiones del Informe Psiquiátrico

Clínicamente al momento del examen realizado en forma personal, ninguno de los imputados presentaban alteraciones patológicas de sus facultades mentales. En forma retrospectiva podemos inferir que en el momento de cometer el ilícito que se investiga se encontraban en un trance de naturaleza mística colectiva (éxtasis) que los haría estar comprendidos dentro de lo considerado “estado de inconsciencia” por el C.P. (art. 34 inc.1)

La sentencia del Dr. Arturo Simonelli

“Merece especial atención la consideración de las declaraciones indagatorias de los procesados. Si bien hay una evidente discordancia en lo que respecta a la narración de los hechos, no ocurre lo mismo en lo que hace a las impresiones descriptas. Que esas concordancias y particularidades otorgan un alto grado de verosimilitud a sus manifestaciones. Que en estado de profunda concentración son hallados por la autoridad policial y los testigos que los acompañaron y de Gendarmería Nacional. Juntos, agarrados, apiñados uno del otro, incluso le parece que temblaban, completamente ajenos a lo que ocurría a su alrededor. Las mujeres pedían que mataran a las criaturas y se las comieran. Al mismo tiempo daban gloria a Dios y gritaban “sangre, sangre”. Enfatiza las condiciones de aislamiento social. Estos grupos no son sino un pobre remedo de las antiguas tribus, sumidos en una vida sin futuro ni esperanza, disminuidos físicamente por las enfermedades y el alcohol, las más de las veces; reducidos a la ocupación de determinadas extensiones de tierra que sus antepasados dominaron. Rechazan sus credos y costumbres tribales con vergüenza y no ha receptado las nuevas que la sociedad procura imponerles. Hijos de indios, ya no lo son. Debe descartarse su condición de indígenas que los incluye en el Convenio 107 ratificado por ley Nacional 14932, como se discutiera en autos. No se trata de personas que viven más de acuerdo con las instituciones sociales, económicas y culturales de dicha época (conquista o colonización) que con las instituciones de la nación a la que pertenecen. Su marginación es de orden económico, primordialmente y sus condiciones y medios de vida son las de cualquier poblador cordillerano de cualquier origen. Vivieron un éxtasis místico, hay ausencia de una patología concreta, que no hace imposible que el individuo se halle en la imposibilidad de comprender y dirigir sus acciones, tampoco puede ser obstáculo para la consideración de su peligrosidad, de acuerdo a las disposiciones del art. 34 inc. 1 del C.P. El ritual no habría sido interrumpido sin la intervención de las autoridades, lo que habla a las claras de la peligrosidad del grupo como tal. Se deben tomar las medidas de precaución necesaria. Son inimputables en los términos del art. 34 inc. 1 de. C.P. Trance místico colectivo (éxtasis). No pudieron comprender la criminalidad de los actos ni dirigir sus acciones al momento de ocurrir los hechos de autos. Sobreseimiento del caso en su favor. Debe procurarse su internación hasta que desaparezcan las causales de peligrosidad para sí y sus semejantes que se han considerado”. (APP)

http://www.appnoticias.com.ar/09/desarro_noti.php?cod=17392

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